miércoles, 31 de diciembre de 2008

19 DÍAS Y 500 NOCHES

¡Lo que me ha costado escaparme del control paterno para poder seguir con mis memorias! No veas, mamá y papá-nasal no me han quitado ojo en estas dos semanas y pico, como si no hubiera nada más interesante que hacer que mirarme (pues si que debe estar mal la programación de la tele). Pero esta noche, aprovechando que estaban derrengados de tanto cuidarme (pobrecitos, los he tenido en vela madrugada tras madrugada) me he arrastrado hasta el ordenador para continuar con la historia de mi breve pero apasionante vida.


¡Y anda que no han pasado cosas! La segunda noche en el hospital, papá-nasal se quedó con mamá y conmigo; a cuidarnos, dijo, aunque después se pasó roncando no sé cuántas horas, que yo estaba alucinando de que tamaño rugido pudiera salir de garganta humana. A la mañana siguiente se fue para inscribirme en el Registro Civil (un librote negro que tiene por ahí), y, desde ese día, ya soy oficialmente Alejandro. Por cierto, que al final me han puesto primero el apellido de papá-nasal, y no el de mamá, como ella quería; pobrecitos, cuánta discusión sobre el tema para nada, porque en cuanto cumpla 18 años me voy a cambiar legalmente el nombre por Chiquitilli Formentera Pérez.


Bueno, pues, mientras tanto, a mamá y a mí nos daban el alta, no sin antes darme un pinchazo en el talón sin previo aviso, que ni te cuento lo que dolió (me quedé con la cara del pediatra, ya verás como me lo encuentre cuando crezca). Papá-nasal llegó para recogernos, nos hicimos unas fotos..., y ya no recuerdo más, hasta que me desperté en una camilla, rodeado de médicos y enfermeras.


Por lo visto, a los 200 metros del hospital (sí, 200, ¿qué pasa?), en casa de los señores de Ordi, cuando papá-nasal me sacó del cochecito, yo estaba como muerto, no respondía a ningún tipo de estímulo y me estaba poniendo rígido. Me sacudieron, me gritaron, me pellizcaron, pero yo nada de nada, tan sólo me dio por mover una mano, para saludarlos, digo yo; así que salieron corriendo de vuelta al hospital, sin cochecito ni nada, y al entrar le contaron lo que me pasaba a una celadora que, al verme tan inerte, cruzó corriendo todo el edificio conmigo en brazos, hasta urgencias de pediatría. Allí se armó una buena, con médicos y enfermeras corriendo hacia mí, y me metieron en una sala para reanimarme, que fue donde me desperté.


Por lo visto, según pude ver después en mi informe en un descuido de los papis, me había dado una hipoglucemia aguda, y me cogieron una vía para meterme glucosa, que me pusieron un brazo como en cabestrillo. Por cierto, que, antes, lo intentaron en la cabeza, para lo que me afeitaron encima de las patillas, y ahora parezco Jack Nicholson, con más entradas que el Metro, con lo bonito y proporcionado que tenía yo el pelo. En fin...


Pues nada, que, para asegurarse que la falta de suquita no se debía a nada grave, me tuvieron interno durante cuatro días, durante los cuales mamá sólo podía venir a verme para darme la teta (se me hacía la boca leche, nada más verla entrar), cada tres horas, y papá-nasal ni eso, sólo dos horas al día, y siempre disfrazados de enfermeros, como el loco ese de la canción de Ana Belén.


Finalmente, los doctores concluyeron que había sido escasez de suquita sin más consecuencias y me dejaron irme a casa, que todavía no la había conocido.


Pero me caigo de sueño, así que ya seguiré otro día.


Noches-noches.


PD. He encontrado esta foto mía de cuando yo todavía no era yo, pero ya se me notaba el garbo y la apostura. Ahí queda eso.

sábado, 13 de diciembre de 2008

DÍA 1: IN THIS WORLD

Ayer la luna me indicó el camino, y a las cuatro y media me decidí por fin a conocer a mamá, y rompí las aguas que me rodeaban. La verdad es que mamá y papá se lo tomaron con calma: nada de carreras, ni de prisas, recogieron todo lo que iban a necesitar y me llevaron al hospital. Papá incluso llamó a la biblioteca para renovar los libros que tenía en préstamo, no fuera que yo no le dejara llevarlos en su fecha. Las tonterías de papá...
¡Qué larga la espera en el hospital, hasta que finalmente nos llevaron al paritorio (el número 1, qué casualidad: ya lo conocía cuando mamá y papá me llevaron a verlo con todas aquellas gordas)! La gente trataba a mamá con mucho mimo, y es que lo pasamos muy mal: todo se movía, todo dolía, y los centímetros se negaban a crecer. Hasta que, a las doce y media, llegó un señor que dijo que en treinta minutos habíamos pasado de 3 a 6, y decidieron ponernos la epidural.
Yo no lo vi, claro, pero el anestesista chorreaba chulería y aplomo, y mamá se hubiera abierto aún más si no hubiera estado tan asustada con el pinchazo: no se veía capaz de quedarse quieta, pero mamá es mucha mamá y en cinco minutos habíamos terminado.
A partir de ahí, las cosas fueron mucho mejor; ya casi ni sentíamos las contracciones, papá empezó a decir tonterías para que nos riéramos, la gente entraba y salía, y decía que todo iba bien y que tardaríamos poco...
Me preparé para verle la cara a mamá en cuanto saliera, pero eso no les gusto a los medicuchos, que querían que me diera la vuelta y mirara hacia abajo. Sí, hombre, con lo que había esperado para ver a mamá... De eso nada.
Pero como eran muy mayores y muy abusones, que sólo había que ver cómo habían tomado el chocho de mamá por la Boca de la Verdad, todo el mundo metiendo la mano, pues se fueron a buscar unos forceps. Papá mientras tanto me había visto ya el cuero cabelludo, pero yo no pude verlo a él.
Y trajeron los forceps esos, que daba miedo verlos, y me empezaron a voltear la cabeza, con lo frágil que la tenía, y me dejaron marcas, pero lo hicieron con mucho cuidado, para no hacerme daño, sobre todo el doctor Doblas, y, finalmente, saqué la cabeza y vi el mundo.
¡Qué desilusión! Yo creía que todo estaba hecho todo de suquita, de chuches y de frutas, y resulta que no. Como hacía mucho frío, me puse una bufanda alrededor del cuello, pero los medicuchos me la quitaron..., y entonces vi a papá...
Se podía haber afeitado para la ocasión, digo yo.
¿Dónde estaba mamá?
Al final me sacaron entero, pero yo seguía sin ver a mamá, y una mujer dijo que eran las 03:55, y yo quería llorar porque tenía susto y quería que mamá me abrazara, y ya cuando me quitaron el cordón, con lo que yo había jugado con él, no aguanté más y me eché a llorar.
Y escuchaba a mamá decir que no me veía, que cuándo iba a ir con ella, pero aquella señora no me dejaba escapar, y me limpiaba, y hacía mucho frío y había muchas luces. Y mamá estaba tan preocupada por mí que ni siquiera se enteraba de que le estaban cosiendo los puntos, ni de toda la sangre que había perdido.
Y por fin, tras nueve meses esperando verla, me llevaron con mamá. ¡Qué guapa! Y lloramos los dos de alegría, y yo quería decirle que me encantaba cuando me daba suquita para comer y que sentía que no hubiera podido comer jamón en tanto tiempo por mi culpa, pero, como no sé hablar, pues no me salían las palabras.
Y me di cuenta enseguida que iba a quererla más que a nada en este mundo, mucho más que al de la voz nasal, pero apenas me dejaron disfrutar de ella: una enfermera me llevó a lavarme, y a medirme (0,52 centímetros, estoy hecho un tiarrón) y a pesarme (3.560 gramos, ahí es nada).
Y volví con mamá. Papá-nasal no estaba, creo que se había ido a avisar a los señores de Ordi y a la Tata, así que estuvimos solos, mirándonos, enamorándonos, y entonces descubrí que el mundo sí está hecho de suquita, solo que hay que mamar para conseguirla. Y ahí empezó mi futuro prometedor como mamoncete.
Y el resto del día fue un puro ajetreo; me tuviero muchas horas separado de mamá y, cuando me llevaron con ella otra vez, empezaron a venir Ordis y la Buela Canía, y la Tata, y los amigos (cuando llegó el poli me asusté, no fuera que quisiera llevarme a la cárcel y no paré de llorar). Y me fui especializando en mamoncete, tomando todo el suquita que mamá lleva dentro.
¿Y papá? Pues no sé, he escuchado que está con gripe (¿quién será ese?) y que no quiere venir a verme para no contagiarme. Pues cuando venga mañana lo voy a recibir con una llantina descomunal, para que aprenda a abandonarme. ¡A quererme, ome ya!
Y ahora voy a dormir, que esto de estar mamando y popeando es muy cansado, y la pobre mami no puede ni cerrar los ojos y soñar con chocolate.
¡Hum, cocho de late...!