Ayer la luna me indicó el camino, y a las cuatro y media me decidí por fin a conocer a mamá, y rompí las aguas que me rodeaban. La verdad es que mamá y papá se lo tomaron con calma: nada de carreras, ni de prisas, recogieron todo lo que iban a necesitar y me llevaron al hospital. Papá incluso llamó a la biblioteca para renovar los libros que tenía en préstamo, no fuera que yo no le dejara llevarlos en su fecha. Las tonterías de papá...
¡Qué larga la espera en el hospital, hasta que finalmente nos llevaron al paritorio (el número 1, qué casualidad: ya lo conocía cuando mamá y papá me llevaron a verlo con todas aquellas gordas)! La gente trataba a mamá con mucho mimo, y es que lo pasamos muy mal: todo se movía, todo dolía, y los centímetros se negaban a crecer. Hasta que, a las doce y media, llegó un señor que dijo que en treinta minutos habíamos pasado de 3 a 6, y decidieron ponernos la epidural.
Yo no lo vi, claro, pero el anestesista chorreaba chulería y aplomo, y mamá se hubiera abierto aún más si no hubiera estado tan asustada con el pinchazo: no se veía capaz de quedarse quieta, pero mamá es mucha mamá y en cinco minutos habíamos terminado.
A partir de ahí, las cosas fueron mucho mejor; ya casi ni sentíamos las contracciones, papá empezó a decir tonterías para que nos riéramos, la gente entraba y salía, y decía que todo iba bien y que tardaríamos poco...
Me preparé para verle la cara a mamá en cuanto saliera, pero eso no les gusto a los medicuchos, que querían que me diera la vuelta y mirara hacia abajo. Sí, hombre, con lo que había esperado para ver a mamá... De eso nada.
Pero como eran muy mayores y muy abusones, que sólo había que ver cómo habían tomado el chocho de mamá por la Boca de la Verdad, todo el mundo metiendo la mano, pues se fueron a buscar unos forceps. Papá mientras tanto me había visto ya el cuero cabelludo, pero yo no pude verlo a él.
Y trajeron los forceps esos, que daba miedo verlos, y me empezaron a voltear la cabeza, con lo frágil que la tenía, y me dejaron marcas, pero lo hicieron con mucho cuidado, para no hacerme daño, sobre todo el doctor Doblas, y, finalmente, saqué la cabeza y vi el mundo.
¡Qué desilusión! Yo creía que todo estaba hecho todo de suquita, de chuches y de frutas, y resulta que no. Como hacía mucho frío, me puse una bufanda alrededor del cuello, pero los medicuchos me la quitaron..., y entonces vi a papá...
Se podía haber afeitado para la ocasión, digo yo.
¿Dónde estaba mamá?
Al final me sacaron entero, pero yo seguía sin ver a mamá, y una mujer dijo que eran las 03:55, y yo quería llorar porque tenía susto y quería que mamá me abrazara, y ya cuando me quitaron el cordón, con lo que yo había jugado con él, no aguanté más y me eché a llorar.
Y escuchaba a mamá decir que no me veía, que cuándo iba a ir con ella, pero aquella señora no me dejaba escapar, y me limpiaba, y hacía mucho frío y había muchas luces. Y mamá estaba tan preocupada por mí que ni siquiera se enteraba de que le estaban cosiendo los puntos, ni de toda la sangre que había perdido.
Y por fin, tras nueve meses esperando verla, me llevaron con mamá. ¡Qué guapa! Y lloramos los dos de alegría, y yo quería decirle que me encantaba cuando me daba suquita para comer y que sentía que no hubiera podido comer jamón en tanto tiempo por mi culpa, pero, como no sé hablar, pues no me salían las palabras.
Y me di cuenta enseguida que iba a quererla más que a nada en este mundo, mucho más que al de la voz nasal, pero apenas me dejaron disfrutar de ella: una enfermera me llevó a lavarme, y a medirme (0,52 centímetros, estoy hecho un tiarrón) y a pesarme (3.560 gramos, ahí es nada).
Y volví con mamá. Papá-nasal no estaba, creo que se había ido a avisar a los señores de Ordi y a la Tata, así que estuvimos solos, mirándonos, enamorándonos, y entonces descubrí que el mundo sí está hecho de suquita, solo que hay que mamar para conseguirla. Y ahí empezó mi futuro prometedor como mamoncete.
Y el resto del día fue un puro ajetreo; me tuviero muchas horas separado de mamá y, cuando me llevaron con ella otra vez, empezaron a venir Ordis y la Buela Canía, y la Tata, y los amigos (cuando llegó el poli me asusté, no fuera que quisiera llevarme a la cárcel y no paré de llorar). Y me fui especializando en mamoncete, tomando todo el suquita que mamá lleva dentro.
¿Y papá? Pues no sé, he escuchado que está con gripe (¿quién será ese?) y que no quiere venir a verme para no contagiarme. Pues cuando venga mañana lo voy a recibir con una llantina descomunal, para que aprenda a abandonarme. ¡A quererme, ome ya!
Y ahora voy a dormir, que esto de estar mamando y popeando es muy cansado, y la pobre mami no puede ni cerrar los ojos y soñar con chocolate.
¡Hum, cocho de late...!
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